Publicado el · 18 de agosto de 2026
Dalia en porcelana fría. El trabajo con el color
La flor ya está ensamblada, pero para mí el trabajo no termina ahí. Una de las etapas más importantes es el color. Es él quien ayuda a transmitir la profundidad de los pétalos, sus suaves transiciones y esa sensación de flor viva que quiero preservar en la escultura.
La flor ya está ensamblada, pero para mí el trabajo no termina ahí. Una de las etapas más importantes es el color. Es él quien ayuda a transmitir la profundidad de los pétalos, sus suaves transiciones y esa sensación de flor viva que quiero preservar en la escultura.
Busco el tono adecuado durante mucho tiempo. Observo fotografías, hojeo libros, recuerdo flores reales que alguna vez vi. A veces el color que necesito no puede tomarse directamente de un solo pastel: hay que construirlo poco a poco, superponiendo matices uno sobre otro.
En esta ocasión tiño los pétalos de la dalia con pastel. Los gestos son casi imperceptibles, pero gradualmente la flor camienza a cambiar. Se vuelve más profunda, aparece una transición suave de un tono a otro.
Me gusta precisamente ese momento: cuando el color deja de ser solo color y empieza a trabajar junto a la forma.
Creo flores a mano en porcelana fría, concibiendo cada una no solo como un objeto decorativo, sino como una pequeña escultura floral.
La dalia es una de esas flores en las que resulta especialmente interesante observar el color: sus numerosos pétalos generan una gran variedad de matices de luz y sombra, y hasta un pequeño cambio de tono puede transformar por completo la impresión que produce la pieza.
Al final solo queda mirar la flor y comprender: así es exactamente como la había imaginado.