Rosas

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La rosa es una de las flores más reconocibles y queridas del mundo. Parece que la conocemos tan bien que ya no puede sorprendernos. Pero cada vez que empiezo a crear una nueva rosa, me convenzo de lo contrario.

Para mí, la belleza de la rosa no está solo en su forma, sino en su variedad infinita. No existen dos rosas iguales.

Unas se abren libres y amplias, como si atraparan cada rayo de luz. Otras permanecen más recogidas, guardando una sensación de leve misterio. Cada una tiene su propio ritmo, su propio movimiento de pétalos, su propio estado de ánimo. Eso es precisamente lo que hace tan apasionante el trabajo con la rosa.

Me gusta observar cómo la flor va naciendo poco a poco. Uno tras otro aparecen los pétalos, cada uno con su curva, su grosor y su posición. Poco a poco se reúnen en una forma única y, en algún momento, la rosa parece cobrar vida.

Trabajar el color me produce un placer especial. Me encantan las transiciones complejas, apenas perceptibles, cuando un tono se disuelve casi imperceptiblemente en otro. Son precisamente esos matices los que hacen la flor más profunda, más natural y más viva.

La rosa es una flor a la que uno quiere volver una y otra vez.

Cada nueva obra no es una repetición de la anterior, sino la búsqueda de una nueva belleza.

Rosas en porcelana fría

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Rosas — Eternal Bloom